Nuestro señor Jesucristo prometió a sus discípulos que ellos ejercerían un poder igual al que de él emanaba, y con el cual manifestaba el poder de Dios.

Juan 14:12-3 “De cierto, de cierto les digo: El que cree en mí, hará también las obras que yo hago; y aún mayores obras hará, porque yo voy al Padre.”

El poder está relacionado con la capacidad para realizar determinadas tareas. Sin embargo cuando nos referimos al poder de Dios, hablamos de lo ilimitado de su capacidad: Lc 1:37

PORQUE NADA ES IMPOSIBLE PARA DIOS.

De ese poder Jesús habló a sus discípulos: Hechos 1:8

Y recibirán poder cuando venga sobre ustedes el Espíritu Santo. Sin el espíritu, nadie puede ejercer ese poder.

El poder es pues un atributo, de Dios, que Cristo trajo a los creyentes por la obra en la cruz.

El libro de los hechos nos muestra un sinnúmero de milagros realizados por Dios a través de los apóstoles:

La curación de un cojo

Hechos 3:6y8 “Pero Pedro le dijo: «No tengo oro ni plata, pero de lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!”

El cojo se puso en pie de un salto, y se echó a andar; luego entró con ellos en el templo, mientras saltaba y alababa a Dios.

La promesa de Cristo fue una realidad en la iglesia primitiva, grandes prodigios y milagros se hicieron en el nombre de Jesús; sin embargo en los tiempos que vivimos, no sucede así.

El cristiano no ejerce ese poder, aun cuando es el mismo espíritu el que resucitó a Cristo de los muertos, el que habita en nosotros.

¿Será que la Fe de aquellos apóstoles era mayor que la nuestra?

¿Será, que en estos tiempos, no procuramos la llenura del Espíritu Santo?

Si Cristo prometió que mayores obras haríamos cuando él se sentará en el trono de su padre.

Y él ahora gobierna. Y Cristo, hoy, intercede por nosotros.

¿Entonces que nos falta?